sábado, 8 de mayo de 2010

Misterios del contacto amable 08/05/2010 ACB.com Gonzalo Vázquez



El primer partido de las Finales de 1979 se cerró con un extraño episodio. Con empate a 97 una penetración de Larry Wright (Washington) se saldó con falta de Dennis Johnson (Seattle). Eddie Rush no tuvo ningún reparo en señalar la falta cuando el tiempo había expirado. De manera que Wright dispondría de tres tiros libres -normativa vigente- para conseguir la victoria. Wright, que hasta entonces firmaba una inmaculada serie de 19 de 19 en playoffs, falló el primero.

Ninguno de sus compañeros se acercó a él.

Anotó el siguiente y tampoco. De hecho celebró a solas el triunfo hasta acabar acertando también el tercero (99-97).

Aquella imagen, su soledad tras el fallo, sería impensable hoy en día.

Es un ejemplo. Uno solo de los cientos de miles posibles. Uno muy significativo, tal vez el más para explicar lo que se pretende. Un compañero se juega sobre la línea de tiros libres una victoria en plenas Finales y acierte o falle nadie de los suyos acude a tocarle.

Esto era así no hace mucho.

El jugador que tiraba los libres estaba solo. Completamente. El balón, el aro y esos segundos como de patíbulo solitario eran toda su compañía.

Nadie sabe exactamente cuándo y quién fue el primero de ellos en acercarse al tirador.

De hecho para cifrar el origen de este uso habría que utilizar el mismo truco de que se valió Rousseau para explicar el principio de la propiedad privada: "El primer hombre al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir 'Esto es mío' y encontró a gentes lo bastante simples como para hacerle caso".

Así nace un uso. Nadie sabe cuándo ni por qué. Sólo, y sin completa certeza, cómo pudo ocurrir.

En algún remoto partido y momento uno de esos compañeros que aguardan el rebote buscó el sincero consuelo del tirador seguramente después de fallar su primer tiro (el segundo no habría permitido ese contacto). ¿Cómo? Ofreciéndole la mano. Acudiendo así a su amparo. Un gesto tan simple que en algún otro lugar y momento otro compañero vino a hacer lo mismo. Y un tercero a sumarse después. Así fue extendiéndose la cosa hasta que el error o el acierto importaban menos que el contacto de los compañeros con el tirador. El de cada vez más. El de todos, a ser posible.

Y así llegamos a hoy. A lo que ocurre en los tiros libres. A ese episodio que se repite sistemáticamente y que consiste en chocar la mano al tirador, tocarle al menos, iniciar el gesto o simularlo aunque no se produzca el contacto.

Sorprende que nadie lo haya hecho notar. Este uso se ha extendido por completo al baloncesto mundial. Se ha colado con sigilo por la historia e instalado con tanta fuerza que si un jugador no recibiera ese contacto inmediato la sospecha sería grande. Incluso gracias a Bogut sabemos que el ritual ha adquirido ya carácter de reflejo condicionado.

Y tampoco sabemos muy bien si es el tirador el que precisa del contacto de los compañeros o éstos de tocar al tirador. El caso es que parece necesario y grato a todos ellos.

El caso es que ya no hay vuelta atrás.


Éste de los tiros libres no es más que un peldaño en el que apoyarnos para explicar algo mucho mayor y general. Un fenómeno que surge, como tantos otros, de algo muy pequeño.

El New York Times se hacía eco recientemente de los últimos estudios realizados en el campo del lenguaje táctil y su vital importancia en la transmisión de emociones. Estudios que continuaban los trabajos llevados a cabo hace más de una década por investigadores del departamento de medicina de las universidades de Miami y Nova. Los resultados demostraban que el tacto como terapia aliviaba la ansiedad y los síntomas de depresión, reducía los niveles de hidrocortisona y aumentaba la atención y la actividad. Resultados que al fin y al cabo verificaban algo ya intuido.

El siguiente paso es mucho más reciente. Y más sorprendente también.

Se trataba de saber si el tacto ejercía algún tipo de influjo en los sujetos receptores. Y al parecer así es. Los llamados momentary touches pueden actuar de manera positiva en quienes los reciben. Como si hubiera una estrecha relación entre el tacto y el éxito en un plazo inmediato.

Para comprobarlo investigadores de la Universidad de Berkeley realizaron un estudio apoyándose en un muestrario fascinante, decisivo, un terreno ideal para una investigación de estas características: la NBA. O lo que es lo mismo, el baloncesto. Porque no hay un escenario igual. No un continente donde la frecuencia y volumen del contacto, amable u hostil, tenga parangón en el mundo del deporte.

El tipo de contacto estudiado era el táctil. Y como su objetivo era empático podríamos darlo en llamar contacto amable.

Así el equipo formado por los doctores Michael W. Kraus, Cassy Huang y Dacher Keltner sometió a estudio un periodo temprano de la temporada de 2009 llegando a la conclusión, con escasas salvedades, de que los mejores equipos de la liga tendían al contacto recíproco en mucho mayor grado que los peores.

Los resultados arrojaban el contundente saldo de que los equipos cuyos jugadores mostraban una mayor interacción táctil eran Celtics y Lakers, mientras que en el extremo opuesto, los equipos cuyos miembros apenas se tocaban o lo hacían en el menor grado eran Bobcats y Kings.

Una deducción que no conduce a resultados concluyentes cuando parece claro que los aciertos favorecen mucho más el contacto que los errores. Y que un buen equipo dará muchas más oportunidades de contacto amable que uno malo. Pero al mismo tiempo esa correlación invita a pensar en qué grado puede influir el factor táctil en la reproducción de esos aciertos. Cómo el clima táctil afecta al marcador.

La incertidumbre, pues, residiría en saber si el acierto precede al tacto en una proporción muy superior a la inversa: que el tacto conduzca a un mayor éxito de las acciones. Y posiblemente ninguna respuesta más adecuada que la del circuito de reproducción que muestra la figura inferior, uno de los procesos más visibles y manifiestos a lo largo de un partido de baloncesto.

Lo que sí demostraba el estudio son cambios hormonales en sentido positivo. Que esos contactos disparan los niveles de oxitocina, la llamada hormona generosa que contribuye a reforzar la sensación de confianza y reduce los índices de estrés. Al parecer el cerebro interpreta los contactos amables como una "distribución del problema" (James A. Coan, Univ. Virginia), un reparto de la carga que ayuda a relajar la tensión emocional y a una mejor disposición en la resolución de conflictos y responsabilidades.

Un debate teórico que en la práctica resulta apasionante.





Sin haber índices ni estudios que lo verifiquen el baloncesto NBA de los años cuarenta y cincuenta figuraba un escenario de caballeros sin apenas ejemplos de contactos amables. Aquel baloncesto no estaba a salvo de ellos pero en ningún caso habían adquirido el sentido ceremonial y automático que poseen hoy en día. 

Basta la observación para comprobarlo. A sus escasos 21 años, de seguro Derrick Rose ha sido ya tocado en los libres mucho más de lo que Bird fue de manos de Parish y McHale en toda su carrera. Porque entre el primer y segundo tiro libre Bird estaba solo. Era un paréntesis del juego. Y así lo fue para todos sus contemporáneos y precedentes. Así hasta hoy.

 Vivimos actualmente una sobrecarga táctil como no había conocido este juego. Sobre el escenario de pista son incontables los ejemplos.

No hay partido que no vea decenas, tal vez cientos, de pequeños contactos amables que arrancan ya mucho antes del salto inicial y no terminan con la bocina. Contactos de una escala cada vez mayor que incluso abren distintas categorías genéricas. Categorías que van, entre otras muchas, del High Five (mano-mano) al Fist Pound (puño-puño) al Belly Bump (pecho-pecho) al Hug (cuerpo-cuerpo) al simbólico Ubuntu (cuerpos-cuerpos).

Lo más sorprendente es que este riquísimo universo gestual avanza tan aprisa que empiezan a fortalecerse las relaciones entre el gesto y la acción que lo precede. Así el suave contacto de los dedos al tiro libre parece poder darse únicamente en ese caso y no en el cruce de compañeros que intercambian la salida a pista. Como en este caso la intensidad del Down Five será menor que su réplica tras el tapón de un compañero que ha dado con el balón fuera.

No es posible descifrar el origen de todo esto como no es posible hacerlo con el saludo.

Pero al desarrollo de este lenguaje táctil hubo jugadores y equipos verdaderamente decisivos.

Tal vez ninguno como Magic Johnson. El High Five no es una invención suya. Pero probablemente ningún otro jugador en la historia contribuyó en mayor medida a su automatismo y extensión por todas las pistas de la NBA. Y tampoco podía ser otro modo. Porque su baloncesto era de tal absoluta generosidad, tal grado de proyección desprendía, que sus emociones materiales no se veían detenidas con las detenciones del juego, prolongando así esa viva comunicación que suponía el tacto y contacto permanente con los suyos. La relación táctil de Magic Johnson con sus compañeros no representa más que una pequeña parte de un incesante caudal expresivo.

Un caudal especialmente desatado en el Johnson más joven. Acuden sus interminables segundos colgado de Abdul Jabbar tras su primer partido como profesional. Un abrazo que acabó enfadando al gigante, infinitamente menos dado al contacto. Tres años después, en el partido que abría la temporada de 1982, un triple suyo desde doce metros enviaba a los Rockets a la prórroga. Camino del tiempo muerto Magic entró en fase de acting out cuando Mark Landsberger salió a su encuentro ofreciendo arriba su mano derecha para recibir la de Johnson. Éste inició el movimiento con tanta fuerza que Landsberger retiró la mano al saludo.

De haber un imposible índice de contacto fraternal nadie lo habría replicado mayor número de veces que el genial jugador angelino. No se explica de otro modo que el Dream Team de 1992 siga siendo uno de los equipos más táctiles de la historia. Y a través de su ejemplo se explica también el notable incremento del tacto en las selecciones presentes en los Juegos Olímpicos. Porque se da un significativo valor de unidad en esas citas.

Hoy día ningún jugador es comparable en ese sentido a Kevin Garnett.

La investigación de Berkeley, en el terreno destinado a los jugadores, arrojó precisamente un podio presidido por Kevin Garnett y seguido de Chris Bosh y Carlos Boozer.

En particular el doctor Keltner realizó una curiosa observación sobre el jugador de los Celtics al comprobar que en un lapso de apenas un segundo fue capaz de tocar a todos sus compañeros tras un lanzamiento libre. Una circunstancia que no sólo confirma el alma proyectiva del jugador sino la abrumadora cercanía física del grupo de Boston.




Con Garnett la exploración alcanza incluso un nuevo grado.

Su voluntad de expresión es tan grande que a través de él se explica otra sorprendente categoría: el touch oneself. Porque Garnett aplaude y golpea su pecho, se motiva a sí mismo como si el resto de compañeros fuera insuficiente. Así no es de extrañar que durante el fabuloso curso de 2008 Garnett apareciera como el gran líder por la sola apariencia de motor del tacto, de tótem del que todo partía y en el que todo terminaba. Un compañero no podía consumar un acierto sin haberle tocado. Garnett era, en suma, el centro de toda unión. El corazón del Ubuntu.

La semántica se muestra especialmente rica en este terreno. El touch oneself contrasta enormemente con el being in touch with oneself, referente al universo interior de la meditación. Las dos caras de una misma moneda.

Esa primera categoría, la del autocamiento o tacto reflexivo, es al mismo tiempo una de las más genuinas y expresivas de cuantas el baloncesto proporciona. Porque es ahí donde cabe incorporar al masivo yacimiento de pequeños rituales y gestos que adquieren en determinados jugadores sentido de ceremonia y rango de manía.

Es como si el jugador se reconociera a sí mismo a través de esos gestos, una identidad que necesita tocarse para verse fortalecida. Es lo que Nowitzki exhibe cada vez que tira de su camiseta  y hombros arriba, lo que Shaq pasándose cuatro dedos por las sienes aguardando el balón de los árbitros o Kobe secándolos bajo sus axilas, lo que Bird hacía pasándose los dedos por las suelas o Nash por su lengua o lo que el propio Garnett golpeando el balón contra su frente. Todas son formidables suertes de tacto reflexivo.

A falta de una obra de título El jugador dactilar el campo es, pues, demasiado fértil y grande como para no caer en la tentación de agrupar.

De todos los jugadores que gustan de la relación táctil con los suyos se podrían establecer amplios grupos que irían de:

- los jugadores de contacto natural o meramente empático: Tim Duncan, Pau Gasol, Vince Carter, James Harden o Tony Parker;

- a los que sienten a cada segundo su importancia de apoyo en pista, el llamado supportive teammate, un tipo de jugador de segunda fila que incrementa por ello su valor de asistencia: Marcin Gortat, Sasha Vujacic, Keyon Dooling, Anthony Johnson o Brian Scalabrine;

- a los que necesitan ese constante contacto como control de situación, de suyo los más proclives al tacto en toda circunstancia: Carlos Boozer, Kevin Garnett, José Calderón o Chris Paul;

- a los que se sirven del contacto amable como visible barrera al rival, curiosa conducta donde el contacto es instrumento de hostilidad y delimitación del territorio: Kenyon Martin, Anderson Varejao, Joakim Noah o Quentin Richardson;

- a un grupo final que, contrariamente a los anteriores, son de costumbre receptores del contacto ajeno, de suyo grandes estrellas de altísimo ego (Carmelo Anthony, LeBron James, Kobe Bryant, Dwayne Wade), y en un sentido muy distinto, el grupo de receptores que lo son por su naturaleza algo fría: Yi Jianlian, Brandon Roy, Ersan Ilyasova, O.J. Mayo o Delonte West.


Curiosamente el grupo de los receptores integraría al más célebre jugador en la historia del baloncesto, Michael Jordan.

Cuando el contacto amable se había extendido ya lo suficiente como para estimarlo general había de costumbre jugadores muy reacios a ello. Y por su importancia tal vez ninguno más llamativo que Jordan. Su economía del tacto con los demás es digna de estudio.

Resumidamente el contacto amable para Jordan era otra de sus gigantescas restricciones de piedad. Guardaba una estricta relación con factores de ánimo y los procuraba milimétricamente en los dos modos posibles:

1. Recibirlos. Con automática corrección y sin excesos o grandes réplicas.
2. Darlos. En una pequeñísima proporción que iba en consonancia con el valor que él concedía al acierto consumado. De este modo llama la atención que uno de los jugadores que más recibió la mano de Jordan fuera Steve Kerr.

La relación táctil de fraternidad no era el fuerte de Jordan. Y muy en especial si venía precedida de un fallo, suyo o ajeno.

Pruebas dio a miles. Pero pocas más claras como en el partido disputado en Utah el 1 de febrero de 1993. Motivado siempre ante un público tan hostil Jordan cerró el segundo cuarto con un triple desde media pista, se aplaudió a sí mismo en el centro de la escena (tacto reflexivo), y fue el jugador clave en la remontada de 20 puntos de Chicago en la segunda mitad.

En los últimos minutos Jordan dispuso de hasta ocho tiros libres, fallando un total de tres. A cada uno de estos fallos (el primero de cada par) Pippen y Grant acudieron a su tacto obteniendo por respuesta en los dos primeros la más absoluta indiferencia. Al tercero Jordan rechazó incluso su cercanía con hermética frialdad mandándoles a su sitio. Jordan erró aquella noche cuatro de sus catorce tiros libres. Suficiente para mostrarse hostil ante cualquier acto de consuelo.

De poder hacerlo y no ser el baloncesto de dominio público, Jordan habría rechazado el contacto amable en una proporción mucho mayor de lo que su carrera demostró. Como si padeciera una particular atrofia en este sentido o lo interpretara como un signo de debilidad incompatible con el ardor de la batalla, con el espíritu de la competencia.

De la sobrecarga táctil que se vive hoy día ningún ejemplo más revelador que los Cavaliers. Tal vez sólo los Celtics de 2008 rivalicen con ellos. Su ritual de contacto comienza, como el de la mayoría de equipos, en los vestuarios y se prolonga hasta lo grotesco en festivas ceremonias antes del salto inicial que no cesarán (en el caso de victoria) hasta bien entrado el grupo en duchas.




El contacto refuerza, pues, los vínculos y la camaradería. Pocas leyes más universales que ésta. Y trasladando todas estas relaciones táctiles a la actualidad, es posible afirmar que nunca como ahora los jugadores se habían tocado tanto unos a otros. Nunca el baloncesto fue más táctil.

Resulta difícil apoyarse en este argumento para sostener que el baloncesto es también mejor que nunca. Pero si hubiéramos de creer los argumentos científicos que favorecen la creencia de que el tacto persigue al éxito y a la inversa, hallaríamos aquí otra fantástica prueba más para ello.

O al menos para ampliar infinitamente el significado de ese principio que dice "el baloncesto es un deporte de contacto".  Y como ningún otro además.

Lo que el mundo se pierde 08/05/2010 ACB.com Gonzalo Vázquez

 "Right now, I am preliminary putting my name in the 2010 dunk contest Saturday night".

Estas palabras, no supimos entonces de su poco fuste, fueron pronunciadas por LeBron James en la noche del 14 de febrero de 2009 durante el Slam Dunk Contest de Phoenix. Esta especie de promesa al mundo acabó siendo más relevante que el propio concurso, necesitado un año más de algo grande sin que la NBA, en este caso no, siga mostrando algún interés en hallarlo.

No era una entrevista. Era una de tantas improvisadas declaraciones que Cheryl Miller desenrosca a pie de pista. Pero tampoco una encerrona. Sólo que la viva animación del momento, lo que el público parecía querer escuchar y el claro objetivo del micrófono, hicieron el resto: que LeBron más o menos insinuara su presencia, como esa soñada sola vez, en la gala de los mates de 2010.

Así no habría más que esperar a una nueva edición del All Star Game para conocer la respuesta.

A medida que éste se acercaba, en medio de ese habitual revuelo promocional del evento, la posible presencia de LeBron en el Slam Dunk fue salpicando algunos artículos en la prensa, animando ciertos círculos de opinión y moviendo a preguntas a terceros. Pero todo ello sin la fuerza suficiente como para que el protagonista sintiera la menor presión.

Preguntado él directamente antes del partido en Utah de mitad de enero, su respuesta no variaba demasiado de aquel primer anuncio: "I'm still 50/50".

Algunas -pocas- personalidades del mundo NBA tampoco ayudaron en sus declaraciones, como si el asunto careciera de relevancia pero moviera a la unanimidad, uno de esos estrictos sentires que dan la espalda al gran público y que resumió a la perfección Phil Jackson: "No veo que tenga ninguna necesidad de hacer algo así". Como ratificando esa gélida teoría de lo mucho que LeBron tendría que perder y lo poco que ganar en una prueba de la que, por lo visto, no podría salir perdiendo. De poco servirían entonces deseos en sentido opuesto, el principal de los cuales salió del admirablemente pueril Dominique Wilkins: "Me encantaría poder verlo ahí".

Templando algo el frío de sus declaraciones Jackson añadía como ejemplo la cita de 1988, que vio la presencia conjunta de Jordan, Wilkins, Drexler y Webb, justificando que "entonces el concurso tenía más lustre que ahora". Olvidaba el viejo maestro que el lustre lo brindan precisamente los nombres a concursar. Que ellos son la causa del brillo y no al revés.

En realidad nada de esto importa ahora. Porque finalmente nada ha habido y aquellas bobas palabras se las llevó el mismo viento que las trajo.

Y sin embargo todo esto obliga a una pequeña reflexión.

Datando el NBA Slam Dunk del hoy lejano 1984 el completo de su trayectoria ha visto el concurso de varias generaciones que van de Julius Erving a Dwight Howard pasando por Michael Jordan, Dominique Wilkins, Clyde Drexler, Kobe Bryant o Vince Carter. Quiere esto decir que, a pesar los altibajos y al margen de juicios de calidad, las llamadas estrellas de la NBA que exhibían además fabulosas cualidades para el mate acabaron acudiendo al concurso. Una cita que contempló con sentido placer el paso de todas ellas.

La NBA se aboca a perder su primera gran batalla en este sentido.

Uno de sus jugadores emblema, el más perfecto ejemplo hoy día de ese matrimonio entre Star System y Human Highlight, empieza a mostrar todos los síntomas de que el Concurso de Mates nunca contará con su presencia. Con la participación de un ejemplar como nacido para ese visual escaparate.

Seguramente nada de esto tenga importancia. Por lo que parece, es la propia liga la primera indiferente a esa ausencia. Un paso más en un proceso por el que hace tiempo que el cuidado de esa última cita del sábado noche dejó de importar a quienes precisamente la exportaron al mundo con el mayor éxito imaginable.

Son demasiadas las pruebas que fortalecen esta renuncia. Sucesiva y principalmente la NBA:

  • No supo reaccionar a la desbandada posterior a 2001.

  • Parcheó torpemente el nuevo escenario con la norma Rising Stars, una inexplicable represión candidata que prohibía la presencia de matadores más allá de su año sophomore (norma que acabó quebrantando Ricky Davis).

  • Perdió la hegemonía mundial frente a las nuevas generaciones de matadores amateur, cuya posible invitación al NBA Slam Dunk proporcionaría, además de contar con los mejores dunkers del mundo, un escenario de apasionante rivalidad que ofrecer la noche del sábado al mundo entero. Esta última se explica a través de lo que universalmente se conoce como Copyright, esto es, nada que no pertenezca a nuestra marca.

  • Conformándose con invitaciones de rango débil. Sin mayores incentivos que una publicidad juvenil que en su día favoreció a jugadores como Dee Brown o Harold Miner y que incluso estos días confirmaba Phil Jackson sobre Shannon Brown. Una máxima algo vil según la cual "el concurso te hará célebre".

Por todo ello nada importa, de momento, a instancias oficiales. Nada relacionado con el incentivo de un honesto evento que tan grandes momentos brindó.

Nada de esto supone novedad y hasta diríase que relevancia. Pero la tiene. Y aquí es donde reside la verdadera cuestión y motivo del presente texto que bien podría llevar por título un recordatorio en modo denuncia:

Lo mejor que ha dado el mundo del Deporte lo dieron siempre sus mejores.


En el baloncesto hay, como en todos los demás deportes, terrenos por lo general inalcanzables que rara vez fueron conquistados. Están ahí y dormitan en silencio. Son límites, barreras invisibles. Y como tal, hicieron alguna vez acto de presencia quedando entonces poderosamente grabados en la retina.

Y la retina no sabe de registros.

Una de estas fronteras se expresa en el baloncesto al hipnótico momento en que la cabeza de un jugador alcanza la altura del aro.

Un acto exactamente definido como prodigio atlético que todavía hoy sigue siendo objeto de rarísimo dominio y, por ello, de asombro.

Un asombro que permanece intacto al margen incluso de la estatura del protagonista. Como si esa extraña imagen resultante tanto moviera a la perplejidad en el mate de Ralph Sampson que abría el All Star de 1985 como en alguno de los extraordinarios follow up's de Shannon Brown.

Es como si la costumbre visual del juego hubiera habituado al ojo a establecer una frontera que los cauces normales no pueden todavía rebasar.

Y sin embargo esa frontera, rara y huidiza incluso a las diferentes tomas de cámara (motivo que enciende además su atractivo), ese cielo que parece delimitar la línea del hierro, se ha alcanzado un buen número de veces en la NBA. De Lew Alcindor a Gerald Green son ya muchos en acumulado. Pero muy pocos en proporción histórica. No es otra la razón de que el milagro Chambers no haya perdido un ápice de fuerza.

De esos pocos se cuentan con los dedos de una mano los que fueron capaces de incluso rebasarlo.

Es casi seguro que a día de hoy la mayor altura alcanzada por un jugador de baloncesto en la historia de la NBA siga perteneciendo a Larry Nance en la irrepetible noche del 28 de enero de 1984.

Desde entonces, más de un cuarto de siglo después, y a pesar de la rápida evolución de las genéticas NBA, no se ha dado tal vez un biotipo tan ideal como el de Nance (2.08) no ya para contravenir las leyes de la gravedad, sino para situar ese techo (3.12 con la cabeza / 3.80 con su mano) por encima suyo.

No hasta ese prodigio sobrehumano conocido como LeBron James.

Pruebas de esa capacidad las ha exhibido en numerosas ocasiones en los últimos tres años. Ni las mayores de esas pruebas parecían sin embargo suficientes para validar esa teoría de romper un récord que, en rigor, tenemos que calificar de invisible.

Sin embargo no parece haber año en que la plenitud atlética de LeBron James parezca haber llegado a su tope. Al contrario, por si ya parecía imposible, su velocidad y fuerza siguen aumentando hasta extremos que en particular el baloncesto no había conocido.

Después de todo lo dicho, y relacionarlo estrechamente porque nada de ello va separado, toca entonces pasar a la acción.

El brevísimo video final, con todo ese encanto de lo inexplorado, lo explica todo. Pero procede antes una descripción. Merecida en este caso por la insólita naturaleza de la imagen, acaecida el pasado 11 de enero en el Rose Garden de Portland.

A 10:50 del final de partido, acumulando LeBron cerca de 30 minutos de juego (más de 1500 de temporada), Mo Williams disponía del balón en la esquina izquierda del ataque cuando vio cortar al proyectil desde la diagonal opuesta del triple.

Fueron apenas cuatro metros de carrera. Una distancia suficiente para que alguien, por si no lo estuviera ya, escapara a nuestro mundo durante unas décimas de segundo.

Sorprende cómo actúa la mente en el baloncesto. Hay tantos tipos de salto, de magnitudes y direcciones, como las inmediatas circunstancias obligan al cerebro a poner en juego. En ésta LeBron intuye que la distancia del pase, que ya ha formado Mo en modo alley oop es demasiado grande como para no ganar una diferencia de altura en relación a la defensa. Como para no arriesgar a un salto mayor de lo habitual, a un despegue superlativo.

Esto le conduce a disparar sus condiciones físicas por encima -he aquí lo increíble del resultado- del 90 por ciento. Que a día de hoy LeBron James emplee su naturaleza por encima de ese nivel es el equivalente a poner al rojo una prensa hidráulica o pisar a fondo un Fórmula 1.

Una vez LeBron resolvió que la fuerza a emplear en el salto fuera de grado máximo todos sus resortes actuarían al unísono, como un mecanismo articulado de perfecta sincronía.

La secuencia de lo que apenas dura un segundo puede explicarse tal que así:

1. Va a batir en carrera (no en estático), su terreno ideal.

2. Al momento de la batida James resuelve magistralmente las sinergias de toda su energía cinética. Libre del balón se encuentra en condiciones ideales para ello, como el saltador de altura.

3. Brazos y pierna derecha, más la fuerza del tronco, constituyen una masa suficiente para levantar el resto del cuerpo, al que suma, y aquí la fuerza principal, la pierna de batida, su izquierda, en poderosa torsión de alzado. El completo de su cuerpo constituye entonces una poderosa pértiga.

4. Tiene lugar entonces EL SALTO.

5. En una décima de segundo LeBron James sitúa su cuerpo a una altura no razonable en los vectores del deporte actual. Su centro de gravedad supera entonces los 2.50. El centro de gravedad de un supercuerpo de 2.03 de estatura de más de 120 kilos de peso. 

6. La altura de su cabeza supera la horizontal del aro en seis o siete centímetros, situándola sin estar el cuello completamente estirado, en torno a los 3.11 o 3.12.

7. Los ojos de Martell Webster (2.01), que también ha saltado con él, quedan incluso por debajo del ombligo de James. Los de Brandon Roy (1.98) apenas si superan sus rodillas. 

El momento no pasó desapercibido -no era posible- al revisado habitual de imágenes a cargo del NBAE.

LeBron James legaba así una imagen completamente monstruosa. Una escena fuera de los márgenes físicos que nuestro tiempo conoce.

Por encima entonces de ver a LeBron James en el Concurso de Mates, se trata muy especialmente de que una de las anatomías más prodigiosas del planeta pudiera hallar el más exacto lugar donde verse y sentirse liberada, encendida al rojo y destinada a alcanzar su cénit absoluto a los 25 años de edad.


 



Se trata más concretamente de que en los cinco eternos factores del mate artístico (altura, volumen, trazado, atributos y plástica) se pudiera materializar como nunca esa vieja quimera de ver dos dieces (10) absolutos en los dos primeros.

La experiencia indica que LeBron no parece mentalmente diseñado para enriquecer sus ejercicios de grandes atributos. Estando sobradamente dotado para ello, conoce el cross a la vez que se le ignoran ejemplos de un simple windmill en estático. No parece, pues, destinado al ornamento milimétrico de ejemplares como Terence Stansbury o Jason Richardson.

Su terreno es bien otro. El de las magnitudes brutas. Como Tyson en pegada o Bolt en velocidad. Así de proponérselo, tan sólo de proponérselo, James conquistaría muy seguramente la mayor altura registrada por un jugador de baloncesto en 120 años de Historia. Y hacerlo además ante cámaras de altísima resolución que exprimir el momento hasta sus últimas consecuencias.

Algo de lo que acaso tan sólo fue testigo Jay Carty en privado hace ya demasiado tiempo. Algo que seguirá destinado a la vieja leyenda o entregado a la especulación del futuro, uno de cuyos hijos está aquí ahora.

Eso es lo que la ausencia de LeBron en un concurso de mates supone.

Eso es lo que el mundo se pierde. La más poderosa prueba actual contra esa mentira que dice "We've seen it all".

Esbozo de un novato oculto 08/05/2010 ACB.com Gonzalo Vázquez

Reconociendo la absoluta singularidad de cada jugador en nuestro deporte, de todos y cada uno de ellos, es realmente difícil encontrar a estas alturas del tiempo ejemplares que aparenten una diferencia mayor de lo común sobre el resto. Jugadores presentados al mundo con su camino bajo el brazo y sobre los que resulte muy complicado establecer analogías.

De la actual hornada de novatos hay uno que apenas concentra atención. Y esto es debido principalmente a dos razones: jugar este terrible año en New Jersey y no destacar en ninguna tabla estadística.

Si alguien quisiera saber algo más del joven Terrence Williams probablemente acudiría a sus números. Se encontraría con algo como 6.8 puntos, 3.9 rebotes y 1.9 asistencias con un discreto 37 por ciento de acierto en apenas 20 minutos por noche. O sea, una fulminante invitación a pasar a otra cosa.

Y sin embargo esos fast finders no saben lo que se pierden.




Imaginemos, de entrada, un jugador en torno al 1.96 con unas cualidades atléticas prodigiosas que gusta además de ratificar a la menor ocasión. Lo que de costumbre se conoce por un matador.

Ocurre hoy día que términos como matador, tirador o taponador acumulan tal carga histórica consigo que automáticamente se tiende a imaginar el perfil físico -y casi técnico- de cada uno de ellos.

Un taponador figura enseguida la imagen del clásico hombre alto de brazos alienígenas. Un tirador al alero algo perezoso de sobresaliente lanzamiento lejano. Y un matador, a esa posición intermedia de anatomía estilizada que se reconoce, y a menudo exclusivamente, por las felinas predaciones al hierro.

Se da entonces un interesantísimo caso en el novato Terrence Williams. Porque, reuniendo todas y cada una de las propiedades del matador, y gustando además de ellas, carece en prioridad de todo lo que suele acompañar a ese perfil.

A la pregunta de si es Terrence Williams un matador la respuesta es rotundamente sí. Gusta en especial de los salvajes embates en carrera a una mano valiéndose de un vertical en torno al metro. Pero con él se enfrenta uno de entrada al paradójico caso de un matador que parece disfrutar mucho más con todo aquello que el matador no es.

Cada vez que sale a pista lo primero que se observa es un jugador que gusta del balón tan sólo para entregarlo. O mejor, con una acusada obsesión de crear juego. Williams posee unas cualidades innatas para el pase que le hacen disfrutar por igual un envío de circulación y uno terminal. Toda la vanidad que podría exhibir con los mates se ve satisfecha con los pases.

Ni mucho menos se detiene ahí. Ninguna de sus acciones está a salvo de un convincente sentido espectacular del juego, de forma que cualquiera de sus rebotes (20/10 en Milwaukee, 24 defensivos en dos noches seguidas) tiene lugar siempre a más de tres metros del suelo y a veces de manera innecesaria, con ese natural exceso de algunos guardametas en el fútbol a quienes se acusa de palomiteros.

Con el balón en las manos en el juego estático repliega todo su tronco recortando el bote al máximo y manteniendo la cabeza erguida. Adopta entonces la exacta posición de los cambios de ritmo en jugadores como Wade o Rose. Y sin embargo no lo hace. Simplemente está decidiendo a quién pasar el balón.

A ello se añade unas fabulosas virtudes para la reacción defensiva. Su velocidad de desplazamiento y una firme voluntad de molestar el ataque rival le convierten en un jugador defensivo de enorme versatilidad.

Y nada de lo que hace consiste en ornamento inútil. Se trata al contrario de un impulso natural que resulta técnicamente acertado. Todo ello le hace acreedor a un sentido plástico del juego que remite al primer Michael Jordan y hasta a memorias de culto como Edgar Jones o David Thompson.

Terrence Williams es, por todo ello, una extraña forma de shooting guard que traiciona sobre todo el primer término.

Cuatro años a las órdenes de Rick Pitino, Williams no ha estado libre de ciertos problemas relacionados con su entrenabilidad. Pero ninguno de ellos tan importante como su definición final como jugador. Porque gustando tanto de las fortalezas de un base no lo es. Delineado su perfil físico hacia un clásico shooting guard se lleva muy mal con el lanzamiento exterior y hasta se diría, como en James Harden, que con todo lanzamiento (su peor racha fue de 33 errores en 44 tiros). Le ocurre, como a Ricky Rubio, que facilitándose todos los accesos al hierro de manera muy favorable suspende en esa cualidad milimétrica conocida como touch.

Y sin embargo todas las discusiones que precedieron a su elección en el draft de 2009, que involucraron a responsables de New Jersey, Detroit o Golden State, no pusieron en duda su preciosa condición de all around. Y aquí reside su mayor valor de mercado. Un valor que su falta de minutos no le permite todavía ratificar en forma de números.

Williams es el único jugador en la historia de Louisville en recolectar conjuntamente 1500 puntos, 900 rebotes, 500 asistencias y 200 robos. Tras un partido ante Syracuse que le vio firmar 11 puntos, 7 rebotes, 6 asistencias y 7 robos Pitino resumió lo visto bajo el titular: "His normal brilliance". Dos de los cuatro triples-dobles en la historia de Louisville son suyos. 

Quienes más lejos han llevado la teoría con él le atribuyen la valiosísima y rara condición de Point Forward, como si estuviésemos ante los mismos poderes de un Pippen o un Turkoglu de menor tamaño.

No parecen haber reparado en un problema. Un point, en cualquiera de sus formas, sabe subir el balón en condiciones ligeras y rápidas, como un acto inconsciente. Terrence, en cambio, parece haberse saltado esa lección y ni se encuentra cómodo en ella ni es de su especial interés dirigir el juego desde la propia canasta. Prefiere hacerlo como un segundo base que recibiera el balón de un primero. Otra de sus extrañas características.

Así ocurre que el cuerpo técnico de New Jersey, de arriba a abajo, de Thorn a Vandeweghe, está intentando descifrarle tácticamente, lo que que en determinados momentos ofrece capítulos de un interés que difícilmente encontrar con algún otro jugador en la liga.

No hay noche sin prueba de ello.

En el tercer cuarto del partido ante Philadelphia se dio una curiosa circunstancia que verifica el sumo cuidado que siguen teniendo con su caso. Al término del descanso Del Harris y Kiki Vandeweghe estaban cerca de tomar una decisión, confirmada luego de consultar al propio jugador. Dado el OK, Terrence ejerció de base durante unos minutos sobrados de curiosidad. Para no dejarle a solas, el técnico le arropó con Keyon Dooling y Courtney Lee. A 4:05 la entrada de Hayes a pista dejó únicamente a Williams con Dooling. A 2:31 la entrada de Chris Quinn devolvió a Williams a su posición aparentemente natural. Pero hasta entonces el equipo, atascado de costumbre a mitad de pizarra, salió ileso de varias posesiones apuradas gracias precisamente a la extraña claridad de lectura del joven novato.

En el último cuarto volvió a ejercer de base unos minutos con incluso algún visible experimento. Durante un tiempo muerto el técnico ordenó la siguiente acción a ejecutar. TWill como base aguardaría unos segundos en la frontal del triple, se abriría después a un lado con el balón, desplazaría la defensa, enviaría un pase a su izquierda (Dooling) continuado hacia la esquina donde aguardaba Hayes para el triple. La jugada, una media cuerda nacida de Williams, salió perfecta. Esa misma acción fue la orden para la jugada decisiva del partido sin éxito. TWill ya no estaba en pista.

Un panorama de este tipo, con un peso inesperado hacia él, no se dio en realidad hasta el 44º partido de temporada. Noche contra los Clippers saldada con victoria, tan sólo la cuarta en la joven carrera del rookie. Terrence disputó el último cuarto al completo, movió al equipo cómo y cuando quiso y acabó siendo decisivo en los 31 minutos que estuvo en pista (7 puntos, 8 rebotes y 9 asistencias). No alcanzaba los 30 minutos desde el mes de noviembre.

Es hasta estos últimos partidos, y todavía con sumo cuidado, que parte del cuerpo técnico en New Jersey seguía pensando en su fuero interno por qué no fueron a por Tyler Hansbrough en el último draft. Un lamento que ha podido por fin esfumarse al completo.

Y nunca fue la calidad el motivo. Sino lo verdaderamente difíciles que Williams llegó a poner las cosas durante unas semanas. En ese periodo, el más doloroso del equipo, el joven se empeñó en hacerse daño. Tuvo salidas de tono con el mismo poco tacto en los medios que en su año senior en Louisville. Arremetía en el Twitter contra su falta de minutos, desafiaba seguir tirando si su par no estaba encima, perdió un par de autobuses y alguna sesión de tiro, y hasta llegó a asegurar públicamente qué distintas serían las cosas de no haber caído en New Jersey. Como resultado TWill perdió presencia en la rotación. "Durante casi un mes -firmaba Dave D'Alessandro- el novato pareció dominado por la impaciencia, la indiferencia, la frustración y, lo más curioso, el egoísmo". Tildando esta última de curiosa porque en pista Terrence ignora por completo esa conducta.

Y también fuera de ella. En los largos ratos de banquillo es el más alegre de todos y no deja de contagiar esa alegría, muy especialmente, a los cadáveres Josh Boone, Tony Battie, Bobby Simmons, hasta hace bien poco Devin Harris y ahora al cada vez más irreconocible Douglas-Roberts. Es, pues, ese tipo de compañero que resulta muy grato al entorno por su espíritu optimista y positivo.

Ahora por fin lo es.




Consciente de la nueva situación Vandeweghe le va ofreciendo minutos con cada vez mayor exigencia y, sobre todo, le ha desafiado asegurando que no emitirá un juicio sobre él hasta transcurrido un mes de esta aparente mejoría.

Una prueba que el chaval debiera tomar muy en serio. Ahora que los Nets parecen ser únicamente noticia por el peligroso récord negativo y el próximo draft. Ahora que no hay partido en casa que no vea sonar en el entorno los nombres de Wall, Henry, Turner, Favor o Wesley Johnson con mayor frecuencia que la propia plantilla actual, es momento para abrir camino al novato y que él decida qué hacer con esa confianza.

Así pues, de la dolorosa sobra de tareas que asolan a los Nets -a la que acaba de sumarse la dimisión de Del Harris- una de las más delicadas apunta a descifrar de una vez a un jugador que titula esta pieza como esbozo en paralelo al pensar del cuerpo técnico. Porque de momento, a sus 21 años, no es posible hacer otra cosa con él.

Constituyen el 90 por ciento de las monografías sobre jugadores de actualidad los más grandes y los más prometedores. Del 10 por ciento restante cabe sitio tanto para las decepciones como para el eventual rescate de algún jugador que aún no lo es del todo, de un embrión con el que soñar, incluso de un nonato. Pero en todo caso, de un jugador completamente diferente.

Aquí es donde a día de hoy cabe incorporar a Terrence Williams.

Dos joyas del verso negro 05/08/2010 ACB.com Gonzalo Vázquez

A menudo las cosas más simples son las más hermosas.

Desde mediados de diciembre salpican los grandes canales americanos de TV, especialmente los deportivos, dos pequeñas joyas para la pantalla que merecen por lo poco unas líneas. Y las merecen porque encierran un misterio que tal vez sólo la sensibilidad de los verdaderamente apasionados por el baloncesto esté en condiciones de descifrar.

En estas semanas de enero, que anualmente actúan como preludio a la fiesta del All Star Game, no hay emisión NBA en las grandes cadenas que no arranque con ese par de deliciosas promos, de una impecable factura artística parte de cuyo fondo se viene hoy aquí a explicar.

A idea original del NBA Entertainment como nueva campaña con que potenciar el Concurso de Mates de 2010, la realización de los dos spots fue solicitada por el gigante Coca Cola a la agencia de publicidad Bartle Bogle Hegarty. Esbozada la idea sobre el papel, un nutrido casting dirigido por Ellen Lucey (directora de negocio de Coca Cola para Norteamérica) culminó con la elección el pasado verano de los protagonistas y el encargo de su realización a la prestigiosa compañía de post-producción británica Absolute, acreedora a varios galardones internacionales a pesar de que su oficina en New York lleva operando apenas tres años. El diseño elaborado por el equipo de asesores y creativos afincado en la Gran Manzana resultó crucial para el resultado final del producto.

La filial de la compañía para la que todo estaba elaborado se valía de un escueto pero honesto mensaje a modo de sinopsis: "...spots that showcase the art of Spoken Word with artists Marcus and Kessed from New York City. In each spot, the artists deliver messages meant to inspire great, creative performances from the soon-to-be-announced dunkers of the NBA Slam Dunk Contest".

No se trata del primer ensayo que vincula Baloncesto y Poesía Urbana. Pero tal vez nunca con resultados tan singularmente brillantes sin contar con una sola imagen del juego. Se supone que fueron creados para publicitar otro concurso más, trufarlo de referencias recientes (la capa que pende del aro, la cabina...) o como simple elogio del mate. Y sin embargo trascienden de largo esos pequeños motivos. Mediante un magistral uso de la elipsis y el metalenguaje, es tal el volumen de guiños y reflejos recogidos en esos 60 segundos que bien podría hablarse de obra maestra.

El primero de los spots es de factura abrumadoramente simple.

Sitúa la escena en un cuadro cotidiano que ilumina una pequeña estancia privada y casi oculta de cualquier apartamento del Harlem negro. No hay fecha ni concreta estación. Se trata de una época indeterminada que podría situarse en cualquier punto de los últimos cuarenta años. La presencia de un microondas, el sórdido emparedado y una atmósfera como perteneciente a los encantadores años setenta, tampoco ayudan demasiado. Ni falta que hace. Porque es evidente que al margen del bote de Sprite, de presencia espectral, la intención pasa por penetrar allá donde el paso del tiempo apenas ha cambiado las cosas.

Esa indeterminación afecta incluso a la edad del protagonista, un joven negro de rasgos convexos que tan próximos puede tener los veinte como los cuarenta años.




Imaginando, todo arranca supuestamente con su despreocupado regreso de la calle, de no muy lejos, seguramente del porche mismo de casa, aburrido de vulnerar esos carteles que inútilmente avisan NO LOITERING.

Dentro, allá donde las colmenas de los Projects se humanizan al gusto femenino y se cierra la puerta al peligro, en una estancia comedor donde la madre prepara un socorrido almuerzo -son las dos menos cinco de la tarde-, y luego de sacar de la nevera un Sprite que actúa como detonante, nuestro hombre toma pausado asiento en el centro de la escena para dar paso al verbo, de una dicción seductora, cadente, serena, de poderoso contraste con el espíritu de lo que está contando al extremo de liquidar de la expresión cualquier gesto del cuerpo, detenido y completamente entregado a la declamación.

Con ese indolente aplomo que sólo las miles de horas de calle cicatrizan, todo aflora de la boca y el rostro se verá únicamente alterado con ese ceño fruncido ("Man, I mean..." - 0:20) que impone una convicción inamovible y que han heredado como rasgo genético los negros suburbanos. En tan mínimo ademán, a salvo de edades, reposan el espíritu y la memoria de figuras de tan diverso pelaje como Isaac Hayes, Bill Cosby, Malcolm X o Rufus Thomas. Y sin embargo, no hay menos que Basketball en el mensaje. De ahí su enigmática belleza.


The Show

We came to see a show.

A creative display that will remind you
of the battles from back in the day
that icons like Spudd and Clyde the Glyde
pulling tricks too vivid to describe.

Man, I mean,
dunks that break so many laws of physics
that the cops'll demand to see your poetic license.
So as you ballers set your sights,
on Saturday night,
there's one thing you should know.

We came to see a show.


El segundo, más pretencioso, supera en complejidad artística al primero.

Sobre una bicicleta el muchacho se presenta estéticamente incorporado a ese bosque de cemento entre Hamilton y Washington Heights. Contrariamente al primero la expresión es aquí más rica y viva. Diríase que hasta plena. Intervienen no sólo sus gestos, jóvenes, enérgicos y honestos, sino todos los aderezos que hacen de esos treinta segundos una sucesión de sonidos e imágenes que habrían pefectamente ilustrado, como un prólogo visual, la City Game de Axthelm, la Asphalt Gods de Mallozzi y los años dorados de Thelander (Heaven is a Playground) y su oculta memoria fotográfica. De fondo no es otra cosa lo que se escucha que la profunda respiración de la New York City.




Insalubre y blanquinegra, enigmática y postmoderna, a ratos sórdida a fogonazos elegante, la gloriosa historia al completo del baloncesto negro sobre el asfalto, de Jackson a Alston, de Sellers a Matthias, sin nadie quedar fuera, aparece recogida en ese breve desfile de imágenes que el muchacho embellece con melódica oratoria y finaliza con agresivo orgullo en ese holgado before, como si una sola palabra tuviera la fuerza suficiente para sostener medio siglo.


Seen It

You seen it all.

Tomahawks, superhero capes.
Backboard stickers, measuring tapes.

Blowing out candles, jumping blind.
You seen every dunk of every kind.

But now that the legends have done their thing,
a new batch of heavyweight are entering the ring
and we wanna know what 2010 will bring.

You see there's been history made on our hardwood floor.
So show us something we ain't ever seen before.




Para mejor entender el precio de esos segundos, su verdadera profundidad de significado, conviene recordar que musical y artísticamente el baloncesto negro bebe de dos grandes corrientes en el último siglo.

Una nace al calor de la Black Expression iniciada en los ballrooms de Harlem y Chicago en los años veinte y está dominaba completamente por el jazz y sus derivados. Hasta los años setenta y la poderosa entrada del funk que arropa la Blaxploitation y la posterior deriva hacia el disco que delinea una futura escisión, la práctica totalidad melódica del mundo negro equivale a la hegemonía del jazz y el swing de altísima calidad. De Washington Jr a Gillespie a Marsalis había como una perfecta identidad entre baloncesto y música dentro de la cultura negra instalada especialmente en la New York City. Una armonía que sabía mucho de cuerda y viento y poco de percusión.

Así fue hasta la irrupción de la segunda corriente cuyo inicio es posible datar a partir de MC Hammer y su premonitorio Let's Get It Started (a cuya estética guiña ahora Brandon Jennings). Desde entonces y en creciente oleada, el rap y el hip-hop lo dominan absolutamente todo.

Veinte años después la primera corriente ha quedado tan desplazada que casi se da por desaparecida mientras que la segunda ha crecido mucho, demasiado. Tanto como que ha dominado el baloncesto NBA hasta la tiranía, como un movimiento racial y excluyente del que terminó huyendo incluso el hombre blanco. 

Lo que consiguen en cambio estos dos spots, de minuciosos arte y metraje, es precisamente liberar a la corriente dominante de todo cuanto la gravó en el paso de los años, remontar a los orígenes y desnudar la voz tal cual musicalmente es. En suma, volver al principio de todo.

Seen it y The Show no son más que dos preciosas muestras de la lírica que el baloncesto negro, exclusivamente el baloncesto negro, encierra como rito tribal.

Así no pocos de los artistas underground, y sobre todo, sus adoradores como arte de culto, andan molestos por ver incorporarse estas pequeñas muestras de Spoken Words a eso que con despectiva ilustración se conoce comúnmente como Mainstream. Exageran y envidian en el fondo esta salida de la caverna. Pero en su ofensiva reside precisamente la gran verdad de este asunto. Que esa poesía urbana, recogida en unos pocos fotogramas, ha llegado ahora a mucha gente a través de un gigante comercial y su libre exposición al mundo.

Y no es mala cosa. Bien al contrario el resultado es sencillamente delicioso y, es de temer, muy superior a la razón comercial que les da motivo, esto es, muy superior a la realidad que nos depare una nueva edición del NBA Slam Dunk, un año más de pobre y descabezado casting.

De hecho no es otro el motivo del texto que denunciar el deplorable proceso iniciado según el cual las campañas superan con creces al producto, la traición cometida al espíritu grandilocuente y sagrado de esos versos y lamentar -Show us something we ain't ever seen before- otra ocasión perdida.

Salvad al soldado Jamison 08/05/2010 ACB.com Gonzalo Vázquez

Decía Brian Windhorst, con menos razón que intención, que Antawn Jamison podía haber cumplido ya un ciclo en los Wizards, equipo al que en los últimos seis años ha dado todo sin obtener gran cosa a cambio más allá de sumas acordes a su valor.
Debido profesionalmente a los Cavaliers el autor trataba así de aprovechar la nefasta coyuntura en la capital para proponer abiertamente a Danny Ferry la adquisición de Jamison, convirtiendo el traspaso en un tercer capítulo de la morbosa serie Winter's Pelotazos precedida por la llegada a Detroit de Rasheed Wallace o de Pau Gasol a los Lakers.




Sobre la actual coyuntura en Washington, que DeShawn Stevenson titula "Black Cloud", salta a la vista que es de río revuelto. La reciente muerte del propietario, Abe Pollin, abuelo de todos y muy en especial del propio Jamison, y el lamentable caso Arenas, que nadie sabe dónde puede terminar, han tirado por la borda buena parte de las ilusiones que ganaron al equipo hace un par de meses. Lejos queda la promesa de Arenas que hacía pensar que los Wizards venían a incendiar el Este. Nada de eso queda ahora. Es como si de repente no hubiera futuro en la capital. O no al menos el prometido. Y Saunders, como si no estuviera.

Ello ha provocado el descontento de la prensa capitalina, que tampoco se corta en animar al adiós de las vacas sagradas. Matthew Brown, encantado con el destierro de Arenas, apunta el rápido renacimiento sin él de jóvenes como Randy Foye o Nick Young. Y con similar influencia a la que Windhorst pretende en las oficinas de Cleveland invoca: "Los Wizards cuentan con un ramillete de jóvenes que están esperando su momento, pero con el equipo tal y como está ahora eso es imposible. (...) Jamison y Butler son lo más valioso que los Wizards pueden ofrecer. El tiempo del ‘Big Three' ha terminado".

Para colmo el propio Jamison ha podido solicitar su marcha.

Así las cosas, Windhorst trata de colarse por entre las ruinas, sumarse al calor de los rumores y espolear a la directiva de los Cavs a un (grande) esfuerzo para hacerse con los servicios de un jugador que ha demostrado a lo largo de su carrera que, estando sano, es altamente recomendable no sólo para los Cavaliers sino para cualquier fortaleza con aspiraciones de anillo.

Jamison es caro. Le restan dos años en proporción de (11)-13-15 millones. Sus 33 años le convierten en una de esas piezas de mercado de valor inmediato, de las que incorporar a una situación de "aquí y ahora". Y sin embargo nadie duda de que a Jamison le pueden restar aún tres años de óptimo rendimiento.

Preguntado Mike Brown por la posibilidad de un traspaso antes de la deadline, el técnico de los Cavs demostró que seguramente no podía dar otra respuesta. Según él este equipo está maduro para el anillo. Esencialmente no precisa de nada externo. Mo Williams se sumaba a decir lo mismo. Uno y otro deben una lógica diligencia en público que, por ejemplo, se saltaron Shaq y LeBron renunciando cucamente a hablar esa misma jornada. Alguien diría entonces que no es posible saber la verdad. Y la verdad es que hay movimiento real en las oficinas de Ohio.

Los dos nombres que no hay manera de sacar de la apuesta son Troy Murphy, vía Indiana, y Antawn Jamison, vía Washington. Une a los dos un factor técnico evidente: son falsos interiores con amplio rango de tiro y natural gusto por el ataque.

Mientras ellos suenan para llegar, desde casa para salir lo hacen Zydrunas Ilgauskas (expiring) y un J.J. Hickson de interesante progresión más inevitables rondas del draft que ningún equipo como los Wizards pediría con mayor interés. Porque los Wizzs no solamente no se niegan a mover ficha. Es que su directiva, comandada por Ernie Grunfeld, se ha mostrado abierta en la actual situación tanto a posibles intercambios como a una limpieza general que abra una nueva era en la capital. Ahora bien, no a cambio de nada.

Pese a su edad Antawn Jamison todavía es una perla. Siendo nominalmente un cuatro su amplísima  cobertura de actuación, su inquebrantable rendimiento anotador (sumará 20 puntos donde esté) y unas condiciones muy ligeras en pista le dotaron siempre de un bonito perfil de alero. Como tweener es un rotundo éxito y la única incertidumbre que asoma es venir a sumarse a una fortaleza defensiva, aspecto en el que nunca destacó. Su valor humano es altísimo y se da la curiosa circunstancia de que Jamison fue de los pocos que quedó fuera del Bron Attack emprendido por los Wizzs en los playoffs de 2008, tal vez como vendetta a lo ocurrido entre ambos equipos los dos años anteriores. Pudiendo, pues, tenerse ganas no parece haberlas en el terreno de los negocios.


Jamison y Haywood sorprendidos ante la flagrante cometida por DeShawn Stevenson sobre LeBron James en las series de 2008 


El hecho de que Murphy y Jamison salgan a colación para llegar a Cleveland se puede resumir bajo la compra de un shooting power-forward. Pero un poco más allá ratifica el deseo de los Cavs de hacerse con un interior que abra más espacios en la pintura y, de paso, distorsione la defensa rival.

En principio no es mala idea. Powe carece de ello y Varejao, aun mejorando ese aspecto, nunca será una amenaza exterior. Pero con todo, vale preguntarse si es exactamente eso lo que los Cavaliers necesitan con mayor urgencia. Y a la vez, esbozar el cuadro general.

Danny Ferry, mánager general, apura su último año de contrato. El proyecto LeBron, que cumple este 2010 el mismo séptimo capítulo que inició el hexanillaje de Michael Jordan, toca ya de una vez al asalto a la gloria. De hecho todo parecía marchar sobre ruedas a la sorprendente aparición de los Cavaliers en las Finales de 2007. El tiempo ha demostrado que aquello no fue más que un hachazo individual a la historia y que los Cavs no eran dignos todavía del subcampeonato. Aquella prematura presencia en las Finales pudo hacer confiar en exceso sobre las posibilidades de James y retrasar ciertos movimientos que desde el verano se apresuran en Cleveland para evitar la marcha de su estrella.

Pero los dos años siguientes sí tienen mucho que decir: la derrota en el séptimo partido de las semifinales del Este ante Boston, futuro campeón, comenzó a delinear el bocetto de por dónde podían ir las cosas. Y ese bocetto quedó ratificado en las últimas Finales del Este ante Orlando.

Desde entonces los Cavs han venido a sumar tonelaje interior con que hacer frente a la artillería pesada de los Celtics a la vez que ejercer de contrapeso a Dwight Howard. Aun con eso, sumaron a Anthony Parker y Jamario Moon como perros de perímetro con virtudes de ataque, en especial del fino Parker. Integrar ahora a Antawn Jamison supondría ganar en fortaleza allá donde no la tienen Hickson, Varejao y Leon Powe, esto es, dotarían al frontcourt de lanzamiento exterior aun a riesgo de perder el de Ilgauskas.

Pero el problema principal que pueden tener los Cavaliers, problema que otros muchos equipos desearían por su solitaria condición, lo pudo subrayar esta pasada semana su partido en Denver. Un backcourt rápido y agresivo puede causarles mucho daño si Delonte West no está en pista.

En la primera parte fue sentarse Delonte y anotar Billups 8 puntos. Volvió a pista y Chauncey no anotó. Brown volvió a sentar a West y Billups lo celebró anotando 12 puntos en 5 minutos. Todo ello por no hablar de J.R. Smith. En suma, el papel de Delonte West en este equipo es mucho más importante de lo que pudiera parecer. Y no tanto por su aportación ofensiva como por ser el único capaz de hacer de sombra a pequeños anotadores y directores de juego. No es otra la razón de que Mike Brown esté dando mayor entrada a Jawad Williams y experimentando con él, como en Portland, incluso para defender a estaturas menores. Un riesgo que probaría una flaqueza muy localizada.

Cleveland ha podido ver cumplidas sus aspiraciones de pintura. Son el segundo equipo de mejor diferencial reboteador en toda la liga y defensivamente están al nivel esperado. Fuerzan al equipo rival al peor porcentaje de tiro pero no así en su defensa al triple, allá donde tantas veces los asesinaron los Magic. Equipos como Knicks, Celtics o Clippers lo hacen mejor que ellos.

Y vale recordar además que algunas derrotas sufridas (Chicago, Dallas, Memphis y unos Bobcats muy abiertos por partida doble) invitan a pensar una vez más en la solitaria condición defensiva de Delonte.

De los tres equipos en los que estos Cavaliers pueden estar pensando -Celtics, Lakers y Magic- son estos últimos los que motivan devanarse los sesos con mayor razón. Con los otros dos, a una presunta igualdad interior, vale batallar el exterior con lo puesto. Pero con Orlando en mayo el problema de la defensa al backcourt podría seguir terriblemente vivo para el grupo de James.

David Falk, una sombra de lo que fue, asistió al partido que enfrentó en el Quickens a Wizards y Cavs. Falk sigue siendo el agente de Danny Ferry, a quien proporcionó en su día un pucherazo de 37 millones. Es de sobra conocido el recelo del propietario de los Cavaliers, Dan Gilbert, a largas extensiones contractuales (que se lo digan a Mike Brown). Por todo ello el órdago para Danny Ferry está claro: éste debe ser el año.

Y la adición de Jamison como última pieza garantizaría, hasta junio por lo menos, la configuración de una plantilla para la que, por fin, no puede haber queja en lo que al James Supporting Cast respecta. Pero sólo hasta junio. Y si hay anillo. Más allá todo es misterio. Porque perder a James es hacer desaparecer a Ferry del mapa, y lo que es más importante, a los Cavaliers al completo.

No habrá una razón superior si finalmente Antawn Jamison aterriza en Ohio.

Tres horas de un dios 08/05/2010 ACB.com Gonzalo Vázquez

A cerca de dos horas del inicio una expectación inusual domina el interior del Izod. Centenares de aficionados llegaron mucho antes que de costumbre y ya se apiñan tras de la canasta que ocuparán los Cavaliers. Allí calientan Ilgauskas, Hickson, Jackson, Gibson y Powe junto a parte del staff técnico. Al otro lado sorprende el vacío que rodea a los pocos Nets que ya han salido a rodar.

Es obligado mirar a donde el todo el mundo lo hace. Obligado acudir allí si es posible.

Porque a esa hora el tramo que va de la pista hasta el vestuario rival, de unos treinta metros, es un hervidero de gente muy difícil de controlar. Los miembros de seguridad se concentran allí sin aparente orden. Sólo sus chaquetas granates y las incesantes consignas que sin mucho éxito van profiriendo sirven para reconocerlos. No les será una jornada fácil.

De pronto se abre paso Shaquille O'Neal. A su aparición nadie parpadea. Es como si todos compartieran la misma sensación: difícilmente puede haber una criatura de mayor tamaño en todo el planeta. Cuesta creer que un simple corazón sea capaz de bombear sangre a los confines de ese colosal cuerpo que aparenta pesar toneladas.

La distracción dura muy poco. Porque de pronto un grito da la señal. "Here he isssss!". El revuelo torna entonces oleada. Todos miran a esa dirección y allá que corre parte de la masa. La de grada se apelotona peligrosamente en las vallas. Dentro, son inútiles hoy las cintas de protección. Ni se ven.

Está llegando. Lo hace por la amplia nave trasera de acceso al pabellón.

Al fondo, sobre la marea de cabezas, lo primero que se observa son luces, como un resplandor que se acerca. No menos de siete cámaras le rodean. El resto no se puede contar. No hay duda. Es él. Tan sólo sus andares, sueltos y decididos, con esa inconfundible supinación de los pies, le hacen brutalmente reconocible.

Se acerca. La reacción general es de pasmo. Al fondo se escucha repetidamente su nombre. Y eso que ni lo pueden ver. Los que están más cerca, en cambio, no pueden pronunciar palabra. Sólo ansían contemplarlo.

Calza unos vaqueros cómodos y un generoso plumas negro de amplio gorro que le cubre por entero la cabeza. Es como si no viera lo que ocurre a su alrededor. De tal muralla de gente debiera chocar contra ella. Y sin embargo la muralla le abre paso como a un monarca. Sale Mo Williams del vestuario y bromea con él. Se agarran y a punto están de caer al suelo. De repente la seguridad se interpone. Hasta ahí vale pisar. Desaparece en el vestuario.

La corriente vira entonces 180 grados. El regreso a la pista sobrecoge. Tan sólo han pasado unos minutos y el cambio es sorprendente. Una nutrida multitud, de pronto triplicada, rodea el rectángulo en toda su extensión formando un anillo de entre cinco (en la canasta de los Nets) y veinte filas (en el fondo de los Cavs). La muchedumbre espera algo que está a punto de aparecer. Finalmente lo hace. Parece un trueno. El rugido aumenta cien grados. Los que estaban más lejos descienden grada abajo para una mejor visión.

Ahí está. El griterío es la respuesta. Ha acelerado para llegar cuanto antes. Lleva la sudadera del chándal y unos cascos que parecen adheridos a la piel. Parece mentira que no se muevan. Con la música a tope deben de actuar como escudos, estableciendo así una extraña relación con la escena que le rodea, de la que se aísla tanto como se convierte en ella. Porque LeBron James es entonces la escena, el poderoso vórtice de todo cuanto allí ocurre.

Sus evoluciones, cada uno de sus movimientos, por pequeño que sea, resultan un espectáculo visual sin parangón en el mundo. No tiene que buscar el balón. Le llegan a razón de uno cada dos o tres segundos. Lanza desde toda posición a tal ritmo que en pocos minutos ha completado tiros en toda la superficie de ataque.

Es momento de algo más. Un regalo.

Inicia la carrera a ocho metros en diagonal, desata un reverso a su mitad y culmina el número con un mate salvaje que deja el pabellón temblando y eleva a todos los presentes al paroxismo. La fuerza con la que entra el balón habría matado a quien recibiera ese proyectil. "Hey, Bron, do it again! I miss it!", se escucha. Así no tarda ni medio minuto en batir nuevamente, esta vez desde mucho más lejos sin apenas carrera y soltarse un windmill tan sobrado que podían haber sido tres. Los flashes no cesan.

Ha durado una centésima de segundo. Suficiente para grabar de por vida en la retina de los privilegiados una imagen imborrable. Tal vez la que ha formado en el aire antes del estallido final. O acaso esos ojos inyectados a la altura del hierro que, de proponérselo, destrozaría de una sola dentellada. Tras la acción abre la boca en señal de orgasmo mientras brama algo tan sólo descifrable como potencia. Eso no es un hombre. Son diez o veinte en uno.

Despide calor, su fuerza no tiene límite y hasta el aire en torno a él se rinde. Es, cómo decirlo, es aterradoramente perfecto. Millones de años de evolución han dado en esa anatomía superlativa que aparenta ser de acero. Una bala contra eso no haría fluir sangre. Seguramente magma, como un pedazo de energía que pudiera alimentar una estrella durante eones.

Nada como la expresión de la gente: domina a todos una mueca de asombrada satisfacción, de felicidad instantánea. LeBron James es un narcótico público. Un peligro real.

Los dos equipos regresan a vestuarios y la gente ocupa sus asientos. Todo se reordena en un abrir y cerrar de ojos. Durante el himno, interpretado por James Taylor, todos permanecen quietos. Todos salvo él como prueba de que alguna clase de fuego prende en su interior.

Todo está a punto de comenzar.

El primer rugido del público coge a toda la grada de prensa desprevenida. "What is it?", grita uno. "Half court shot!", responde otro. "Why he does that, mum?", pregunta un niño. "'Cause he can", responde con impecable precisión la mujer, que en ese momento ignora el significado real de ciertos rituales y que a su tercera venida al mundo Michael Jordan resumió con admirable lucidez: "Nunca imaginé que necesitara tanto esa sensación de dominio que sólo allí obtenía".

Han terminado las presentaciones de las que han sobrado nueve. Toca el número de la foto al banquillo y, por supuesto, los polvos al espacio exterior. Allá van. Fiuuuuu... Dos palmadas de fuego y listo. Acaba de conectar con el Olimpo. Ambos ritos logran su propósito. Han calentado al público de tal forma que cuando los diez se dan cita en pista hay algo en ella que ninguno de los miles allí presentes no desea ver estallar.




Sucede al salto inicial una primera calma. Está emparejado con Douglas Roberts, la mitad de su cuerpo.

James empieza como es habitual: suave, haciendo entrar a los suyos con pases de confianza, de calor, ofreciéndose al rebote defensivo para que todos corran y se sientan cómodos, libres.

Viéndole manejarlo todo, de principio a fin, sorprende que exista en el primitivo baloncesto de hoy, cuando aún se manejan las posiciones. ¿Es un base? ¿Un alero? Acaba de subir el balón, ha dispuesto a los suyos y en un abrir y cerrar de ojos está abajo recibiendo como un pívot. La bola no entra y es el primero en llegar a defensa. ¿Qué es entonces?

Los Nets empiezan bien. Prometen demasiado como de costumbre. Pero ganan una ventaja que no cederán hasta bien entrada la noche.

A un tiro libre de Shaq, que acaba de culminar un alley oop como diez años antes, Bron se estira la camiseta desde las axilas dejando entrever otra interior en forma de malla dorada que cubre un torso titánico.

Cuando no tiene el balón también es el juego. O el eje sobre el que todo gira. No hay en él un solo segundo de quietud. Y cuando lo aparenta es que está hablando con los árbitros, o con el banquillo, o con los suyos, o consigo mismo. Su rostro no es una expresión. Es otro músculo más. Una bomba de mil tendones en constante agitación. Se come las uñas incluso en pista.

Restan poco más de cuatro minutos para el final del primer cuarto cuando Varejao ve cortar a la bestia a la velocidad de la luz y allá que envía el balón. El mate es suyo en toda su extensión. El público alcanza el éxtasis. Todo entonces ha tenido sentido. Nadie de los que allí están lo están para ver algo que no fuera exactamente eso.




LeBron gusta de mirar a la grada de arriba abajo. No son miradas perdidas, sin fondo. Tienen destino y miran a los ojos. Hasta escucha y responde a las primeras filas. Parece mentira que la concentración resulte así posible.

De entre el hoy marginal resto de cosas llama la atención un constante movimiento de Shaq que repite una y otra vez. Precisa de un saltito de impulso para iniciar la carrera de un lado a otro de la pista. La edad y su enorme tamaño le obligan a ello. Hace no demasiado, o tal vez mucho, él era también un pedazo de energía que se adivinaba inagotable.

Ahora mismo es lo que parece James. Va más rápido que todos y le ocurre con su movimiento táctico lo mismo que a Magic Johnson con su velocidad de pase. Va demasiado aprisa. Atraviesa varias veces el reverso del tablero pidiendo el balón arriba. Pero no da tiempo al envío. No para jugadores de hoy.

Un descanso. No le hace la menor falta pero Brown lo decide así. Enseguida vuelve, a 7:10 con 26-32 en contra. Le espera Terrence Williams, todavía más menudo que Roberts. Lo va a destrozar.

Nadie le puede seguir. Gusta tanto de moverse, de exhibirse, que tras recibir una falta termina su desplazamiento más allá de media pista. No tiene ninguna vergüenza.

Si gana el rebote de manera clara, al caso de un tiro libre, desata un manotazo al balón como en señal de poder. Todo es una continua demostración de fuerza, de energía, de plenitud.

A 5:25 remonta la línea de fondo, falla pero captura su propio rebote. De proponérselo podría repetir esa acción cuanto quisiera.

Llega después uno de tantos pases abiertos. Otra asistencia al triple de Mo. Qué bien se lleva con él y con Parker. En realidad con todos los jugadores abiertos. De tan habituado a las defensas de cierre (todos a él) podría enviar esos pases a ciegas.

Mo le devuelve el favor aprisa a una penetración. Acto seguido Varejao recibe una asistencia suya. James se está calentando. Todos lamentan que llegue el descanso. A él se va con 15 puntos para 7 tiros, 6 rebotes y 3 asistencias. No hay números que le hagan justicia.

A la reanudación entra en pista galopando y llega a uno de sus fondos. Remite el acto a ese Garnett desafiante que llega a los fondos de público hostil con un par de golpes al pecho. Bron no se golpea. Pero es como si cada uno de sus pasos, frenéticos, hipermotivados, buscara aplastar toda resistencia.

Pronto el público vuelve a estallar. Parece mentira que a costa de uno de los suyos. Douglas Roberts no se confía a la entrada. Pero nada puede evitar el taponazo que recibe con la mano izquierda. El mundo ha perdido la cuenta de los salvajes tapones que James acumula remontando la pista.

Minutos después un pase inverso a Parker y una fantástica dejada a Hickson ratifican, por si hacía falta, su increíble condición de pasador. Es un jugador total. Una bestia a cuyo juicio perjudica su condición de Terminator. Nada de la porción física del juego le es inalcanzable. Nada de la táctica tampoco. Pero sólo parece irradiar la primera. 

A 3:53 vueve a colocar otro sin validez. A 1:08 escapa libre a canasta pero Dooling lo evita zarpándole por detrás como un quarterback. James pudo con él como un guiñapo pero el silbató actuó. El público la emprende una vez más con un suyo.

A un triple de ocho metros que queda a un palmo del aro responde con otro que clava. Nada le está desafiando en ese momento. Pero se comporta como si así fuera. Si la actitud, si la voluntad de juego pudiera medirse en grado 100, la de James no bajaría ni un solo segundo del 114.

Brown le da descanso al inicio del último cuarto. El marcador refleja un 61-71, pero nadie se moverá de aquí sin volver a verlo.

La terrible falta de Yi sobre Shaq a 6:19 da con el gigante en una bonita charla con Derrick Collins, uno de los árbitros. Cuántos aprendieron rápido a golpear a Shaquille. Para eso no hace falta ninguna escuela.

A 6:19 regresa a pista con el marcador engañoso. 73-79. Dos minutos después Gibson se deshace de un balón que recoge James hiriendo seriamente el aro al rematarla a dos manos. Qué fácil jugar con alguien así. El pase no tiene que ser ni preciso. Tan sólo basta que atrape la bola.

A 2:40 James escapa libre de nuevo y se arrojan a él Harris y Lee con todo. No es posible cruzar la pista más rápido. Derribaría un muro de cemento de chocar con él. Hay no menos de tres faltas en la acción y de nada sirven. La bandeja termina con el dos más uno. Ahora sí, se golpea el pecho repetidas veces y desata uno de sus movimientos reflejos más característicos: sacudir los hombros. Es un acto natural, como un instinto atávico. Pero viéndole hacerlo daría la impresión de ser la criatura más arrogante del planeta.

A poco más de un minuto dispensa una última ofrenda. El pase a Varejao remite al mejor Magic Johnson. Su último tacto en el picado deja su mano derecha inerte para subrayar el acto. Tiene que hacerlo porque nadie parece reclamarle sutilezas. No es su primera de la noche pero pasa completamente inadvertida ante una nueva demostración de fuerza bruta. El taponazo a Devin Harris despide el balón directamente a la grada.

La victoria está servida. Es hora de sentarse. El pabellón entero responde con una sonora ovación en rendido pie. La gente está plena y feliz. Lo ha visto en vivo. Es cierto. No puede haber nada más monstruoso. Ni lo monstruoso más bello.

James sonríe camino del banquillo, donde se deja caer luego de desatar unos rápidos pasecitos de baile. De esos que indignan a los que no están aquí. Le sale de dentro. Y es difícil imaginar a otro dios de 25 años que no fuera él que no bailara tan sólo por los dones recibidos del cielo.

Cuando todo termina la impresión es exacta. El partido, todo lo que supone una velada NBA, la maquinaria que incorpora con milimétrica precisión a centenares de personas, esa colosal organización, incluso el baloncesto mismo, todo, no ha sido más que una coartada. Porque nada importaba allá adentro salvo él.

Es como si bajo el estrato deportivo se comprendiera la NBA como un cuerpo gigantesco diseñado única y exclusivamente para alimentar y reproducir esa relación sexual entre masa y estrella. Como una ecuación física que rezara NBA=me2.

Es momento de correr al túnel a coger sitio. Es inútil. Sobreviene una vez más el desorden y cuando hay permiso para pasar adentro se forma un embudo de gente que, una vez dentro del vestuario, quintuplica en número a la expedición de los Cavaliers al completo. Una nube de periodistas se arremolina en torno a él. Es imposible verlo. Pero se le escucha. "Yeahh, I'm happy". Cómo no estarlo. "Step by step the team's improving". Alguien le recuerda sus cifras: 28 puntos, 9 rebotes, 7 asistencias. "It's all about the team". Le preguntan si podrá venir aquí. Elogia al joven equipo de New Jersey. No vendrá.

Allá adentro es tal el número de gente en torno a él que parte de sus compañeros no pueden ocupar su taquilla y acuden a vestirse de pie en un rincón opuesto. Nadie les presta atención. Deben de estar acostumbrados. 

De pronto se escucha: "Finished!". Y acto seguido, chocando unos con otros, los cinco anillos de gente se abren. Se acaba de incorporar y sólo lleva una toalla. Su visión estremece. De haberlo visto Miguel Ángel su Adán sería negro.

La prensa se ha dado un festín y sin embargo nadie abandona, como si esperaran algo más de Titán. La seguridad interviene. Vacían el vestuario.

Unos metros más allá la nave posterior de salida es otro caos. Familias enteras con los niños por delante como señuelo, jugadores del equipo de casa (Battie, Douglas Roberts, Dooling...), cheerleaders con sus mejores galas. Hay tanta gente con alguna presunta ventaja para cazar foto o autógrafo que la credencial pierde todo su valor y la prensa es enviada más allá del área de seguridad.

Sólo la picardía puede burlar el asunto. Pegarse al cuerpo de marines, al joven minusválido habitual del Izod, a quien su guía ha abandonado para buscar también su premio, o hacer de familiar lejano de Douglas Roberts permite la cercanía cuando James vuelve a salir.

Da la impresión que hiciera un minuto que llegó al pabellón. Salpica a unos y otros con alguna sonrisa y lo que parecen saludos cuando al cabo enfila camino del autobús. Todos se mueven en la dirección en que él lo hace. De quererlo, podría amagar y volverlos locos a todos. Ya lo están en realidad.

Tiene antes que pasar un control de seguridad. El joven encargado del detector casi le suplica el perdón por hacer su trabajo. Más que pasarle el detector simplemente se lo enseña y automáticamente le abre su mano. James se la estrecha y dirige sus pasos, como si flotara, al autobús.

Ha desaparecido.

Pero en el pabellón, ya casi vacío, flota todavía como un residuo general de ese soma que alguien derramó durante las tres últimas horas allí y que ninguna televisión del mundo puede recoger en centésima realidad.

Todo se repetirá en pocas horas. En algún otro lugar. Da igual. Todo volverá a ser lo mismo una y otra vez. Allá donde pise.

Extraña vida la de los dioses. De los que han sido dados a la felicidad de la gente.

Un ajedrez sin blancas 08/05/2010 ACB.com Gonzalo Vázquez

El fenómeno está pasando algo desapercibido. Pero el jugador blanco nacido en los Estados Unidos atraviesa su momento más crítico en la historia de la NBA.

Sólo uno de cada diez jugadores, el diez por ciento del total, es americano de raza blanca, el menor porcentaje que nunca haya conocido la gran liga. Precisando algo más, el 71.8 de los jugadores es de raza negra, el 18.3 de origen no americano y tan sólo un 9.9 blancos de origen estadounidense. Y este último dato, se insiste, pertenece al fondo del registro histórico.

Ni es información prioritaria ni ha movido por ello al debate. Pero la pasada semana Mark Schwarz elaboraba un revelador reportaje bajo el título White Out que subrayaba el momento especialmente crítico para las actuales generaciones que en un tiempo ya muy lejano coparon por completo la entera fauna de la liga.

Tal vez ningún indicador más claro que las plantillas elegidas para disputar el All Star Game, un evento que, guste o no, sigue siendo el mejor termómetro para tomar el pulso a lo más granado que va legando el curso de la liga. Y en ese pulso anual los datos arrojados por la última década resultan mortíferos para un sector de población al que hace tiempo empieza a faltar el aire.

Aún hoy la titularidad de John Stockton en el All Star de 1997 sigue siendo la última para un blanco americano. Y el último en simplemente disputar un All Star fue Brad Miller en 2004. Entretanto las últimas diez ediciones han visto pasar un precioso desfile de nombres también de color blanco pero de origen extranjero. Vlade Divac, Pedja Stojakovic, Zydrunas Ilgauskas, Steve Nash, Dirk Nowitzki, Andrei Kirilenko, Yao Ming, Mehmet Okur, Manu Ginobili y Pau Gasol apalizan en presencia desde el año 2000 a John Stockton (2000), Wally Szczerbiak (2002) y Brad Miller (2003 y 2004).

La poca relevancia dada a un hecho históricamente tan relevante expresa mejor que nada la profunda crisis de un género de jugador al que nadie parece echar en falta. Porque hoy día resulta tan automática la mención a Dirk Nowitzki, Steve Nash, Manu Ginobili o Pau Gasol como emblemas de la más brillante fauna blanca en la reciente NBA que se olvida que bajo ellos, muy bajo ellos, se encuentra una familia desintegrada y cada vez como más marginal que trata de sobrevivir a base de golpes y nombres que puntualmente, una noche de cada diez, reclaman su atención. 

La proporción de drafteados tampoco mejora las cosas. Es de hecho otro cruel indicador de una situación que no avista retorno. En los últimos cinco drafts fueron elegidos 195 jugadores afroamericanos, 80 jugadores internacionales y únicamente 25 nativos blancos.

Esta situación se ha instalado con aparente normalidad en el panorama actual. A tal extremo que preguntado Jerry West por el mejor jugador americano de raza blanca actualmente en la liga contestó entre incómodo e irónico: "Ah, no sabía que hubiera. Me vas a tener que ayudar porque no me viene ninguno a la cabeza". Se da la morbosa circunstancia de que Jerry West recibió no pocas cartas de aficionados durante sus años de director deportivo en los Lakers. Cartas que le acusaban de racista por no elegir en el draft a ningún jugador blanco.


 


El sistema que subyace a la NBA no ha variado sustancialmente. El modelo universitario se reproduce a la misma proporción y velocidad de siempre. La NCAA no se ha movido del sitio. Lo que en efecto ha cambiado son los criterios de selección y los canales de abastecimiento. Respecto a los primeros tampoco se da una excesiva variación. Tan sólo se han reforzado los criterios que priorizan los valores atléticos. Es en los segundos donde el cambio resulta dramático. La globalización ha inclinado la mirada hacia fuera en detrimento de lo interno. Y muy en especial de determinado modelo de jugador, dicho en claro, de raza blanca.

Entre los responsables de seleccionar jugadores para el mundo profesional, desde ojeadores a directores deportivos, de entrenadores al capricho de algún propietario, hay un juicio general, cada vez menos disimulado, que dice preferir a los internacionales sobre los americanos porque trabajan más duro, comienzan antes su formación y se entregan con una mayor dedicación que los nativos. Como si en términos generales fueran más coachables o llegaran mucho más jóvenes a la comprensión del juego. Hacia el otro lado, en cambio, West empleaba con cierta ambigüedad el término estigma.

Preguntado por esta cuestión Mark Price reconocía sin ambages los estrechos valores que parecen primar en esta selección nadie sabe cuánto de natural. Price hablaba de atletismo y velocidad, esa fortaleza que siempre se conoció por lo físico.

Jon Barry se mostraba en cambio más crítico. A su juicio lo que los nuevos esclavistas han conseguido con esta masiva compra de anatomías es convertir al baloncesto en atletismo y a éste en religión. "Athleticism has trumped fundamentalism in the NBA", decía. Curiosamente su hermano Brent en una primera etapa, Bob Sura o el más aguerrido Dan Majerle parecieron importar esos atributos de la otra raza. Un tipo de energía que en estaturas algo mayores permite la digna supervivencia a ejemplares como David Lee o Chris Andersen.

A la inevitable barrera física se añade otra no menos implacable, más novedosa y de muy difícil publicidad. De por qué Goran Dragic cuenta con las oportunidades que parecieron no darse con J.J. Redick es algo que entra en un terreno más difuso y delicado, una mentalidad más próxima a la que concedió a Bargnani el número 1 del draft, y que siempre podrá justificar algún entrenador omitiendo el radical erotismo actual por lo internacional y su masivo contagio por cabezas y despachos de la gran liga. Una situación que alcanza incluso al aficionado cuando el Madison vuela diez veces más alto con un acierto de Gallinari que con otro de David Lee y con la que algunos empiezan a mostrarse críticos.

Porque empieza a ocurrir con los extranjeros lo mismo que en su momento sucedió con los highschoolers. Que en el exceso reside también la trampa. La trampa que no comprende que Dirk Nowitzki es a lo extranjero tan poco común como Kobe Bryant a la edad.  

Es como si, en términos de raza blanca, el proceso actual de internacionalización y la vieja tradición americana se negaran rotundamente. Como si fueran incompatibles.

Y no habiendo ninguna razón para que esto ocurra la realidad se empeña en arrojar que mientras la preferencia por lo negro no sólo no cesa sino que parece aumentar, el espacio antaño ocupado por las nuevas generaciones blancas ha estrechado drásticamente su cerco. De las tres fuentes de que beber una discurre ya a gotas.

El cambio no es baladí. A caballo entre la vieja liga blanca y la confusa globalización de hoy el mundo conoció no hace mucho una NBA uno de cuyos principales símbolos era Larry Bird. Al extremo de no ser posible explicar la Edad de Oro sin él. Como tampoco porciones enteras de historia reciente sin el rescate de casos dispares pero bien presentes como los de Rick Barry, Chris Mullin, Danny Ainge, Kiki Vandeweghe, Bill Walton, Kevin McHale, Dan Issel, John y Jim Paxson, Bobby Jones, Mike Newlin, Scott Wedman, Tom Chambers, Jeff Hornacek, John Stockton, Christian Laettner, Mark Price, Jack Sikma, Rex Chapman o Dan Majerle.

Aquella clásica fisonomía de la liga, con una presencia nativa blanca de relativa importancia, ha desaparecido casi por completo. Y el resultado no es una Era del Vacío. Sino algo completamente distinto, una proporción desconocida, una especie de ajedrez sin blancas. Sin aquellas blancas que ocupaban orgullosas la primera fila del tablero.

Así ahora sólo vemos peones y un espacio vacío que nadie parece añorar. Un vacío que no pueden satisfacer Ryan Anderson, Steve Blake, Chris Kaman, Troy Murphy o Luke Walton.

Es como si los profesionales que observan y eligen hubieran visto su paciencia agotada. Como si estuvieran muy desencantados con el resultado de las promesas que nunca terminan de explotar.  Promesas que fueron de Keith Van Horn a Mike Dunleavy, de Kirk Hinrich a Nick Collison, de Jason Kapono a Kyle Korver. Por no mencionar el cadavérico capítulo abierto por Adam Morrison.

Por eso cualquier sorpresa en el otro sentido mueve enseguida al contento y despierta un exagerado interés. Así se aplaude el nuevo papel de Redick o se pone una fresca atención en las evoluciones de Chase Budinger. Se aguarda la explosión -una más- de Kevin Love o Spencer Hawes o se espera a poder hablar por fin de Tyler Hansbrough.

Pero con todo, el panorama general resulta algo desolador. Sin referentes que llevarse a la boca el gran público prefiere a menudo moverse entre la honesta benevolencia que despierta un Matt Bonner al casi cómico aprecio de Brian Scalabrine, una mascota de carne y hueso.

No parece haber intención de veto. No voluntad de exclusión. Pero la realidad indica que la crisis profesional del jugador blanco americano se ha convertido en poco tiempo en un uso. Y los usos, como el saludo, no tienen nombre ni culpa. Son actos terriblemente automáticos de los que el baloncesto siempre supo lavarse las manos.